jueves, 23 de julio de 2015

Cauca en llamas, un viaje al sur





Viajamos al sur introduciéndonos por una carretera embutida entre muros de caña de azúcar, estrecha y oscura a esa hora. En el auto viajan cinco personas, contando al chofer que es el novio de Julieth, quien luego de insistir mucho sobre este evento convenció a los viajantes de participar. De otro modo no estarían apostados como lo están con sus caras un poco llenas de incertidumbre y aburrimiento viendo tras las ventanillas un paisaje verde y monótono que en diferentes secciones tiene mal olor. Este se cuela por las ventanillas pero nadie las cierra para evitarlo. Hay tres personas en el asiento de atrás del vehículo, dos hombres y una mujer. Junto al conductor va Julieth, es decir, junto a su novio, Miguel. Soy una de las personas que está en la parte de atrás, a la izquierda, recostado junto a la ventanilla tratando de dormir un poco. El viaje no es largo, sólo es un poco silencioso. Diana habla algo con Julieth sobre personas que no conozco. Salimos de Cali una o dos horas luego de lo planeado. Julieth  organiza más o menos todo. Vamos a un recital en la biblioteca pública de Miranda, en el Cauca.  Lo que había dicho Julieth es que podíamos leer algunos poemas y ya estaba. No sabía con qué participar, así que elegí poemas de Guillermo Valencia, Horacio Benavides y el joven autor Damián Salguero. Los tres son poetas caucanos, pero dos de los poemas no hablan directamente del Cauca o si lo hacen llenan sus versos de paisaje e ilusión, como si fuera, como seguramente lo había sido antes de que fuera sólo una gran extensión de caña en sus valles, un paraíso. Salguero es el único que escribe sobre algo que puedo reconocer y que es todo lo contrario.

En la carretera comienzan a aparecer soldados apostados a uno y otro lado. Junto a los muros verdes, o la tierra llena de ceniza luego de la quema de caña, allí están. Bajo el cielo gris, no había oscurecido, no del todo, aún. Apostados con sus rostros observando los autos cruzar. Miguel comienza a contar anécdotas vividas en retenes de la policía luego de ir de fiesta. Sonrío. Guillermo Valencia escribe “Hay un instante del crepúsculo/ en que las cosas brillan más”, no brillaba más aquí. Todo era gris y paulatinamente se pasaba a la oscuridad. Pero este instante del crepúsculo, al que escapa el poeta, nos sorprende ya cuando estamos cerca de Miranda. La cordillera, en una extensión que no estoy seguro de poder definir, pero que era toda la extensión de ese costado que cabía en mis ojos, estaba alumbrada, como una bonita imitación de un cielo nocturno o alguna comunidad de luciérnagas. El paisaje no es nada distinto a espectacular. “¿Qué es eso?, es lindo”, digo levantándome un poco, esforzándome para ver a través de la ventana del lado derecho. Los demás giran sus rostros también. “¿Han escuchado hablar de La Ciudad Perdida de la Marihuana?, hablan de ella en los noticieros”, dice Julieth, “Miranda es la ciudad perdida de la marihuana”.  

Los soldados apostados a los lados de la carretera no lo están por el problema de drogas, sino por el problema que habían representado la población indígena del Cauca días atrás. Se habían tomado la tierra de una propiedad de la zona, reclamándola como suya. La senadora Paloma Valencia, quien está ligada en parentesco con el poeta Guillermo Valencia, escribió un tuit diciendo que deberían dividir el Cauca, dejar medio a los indígenas, y medio a los demás. Esto causó polémica. Los demás quizá nos serían la población fuera de los resguardos indígenas, sino a los empresarios y dueños de los ingenios azucareros. Pregunto a Julieth por dónde vamos, si ya casi llegamos. El auto chirría en las curvas y chasquea sobre la superficie lisa del asfalto. Hemos girado varias veces por diminutos desvíos rurales. Las dos ventanillas abiertas se llenan de insectos minúsculos cuando pasamos frente a un extraño campo de color negro como el carbón. Son unos insectos raros, minúsculos, con las alas transparentes y que al parecer no vuelan, sino que se limitan a quedarse posados en la parte interior de las ventanillas, invitando a que los aplasten. Y cuando uno los aplasta, entonces huelen mal. Guillermo Valencia quebró por dar libertad a sus esclavos. Y entre la caña veo a esos descendientes negros descansando luego la jornada laboral, limpiando la pacora, con trapos rojos en los hombros, junto a bicicletas sin ningún tipo de señalización que en la bruma negra transitan de vuelta a casa. Casi chocamos con uno de ellos más adelante, y Julieth dice, repetidamente, mientras la carretera serpentea y nosotros nos movemos de un lado a otro, que hay que ir con cuidado, aparecen cuando menos se les espera.

No suelo ver noticieros, por esa razón no sé nada de La Ciudad Perdida de la Marihuana, como lo contó Julieth. Diana dijo que había escuchado algo, pero nada en concreto. Nos acompañó por un gran trayecto el paisaje de la cordillera, que está alumbrada por una gran red de bombillas que dan luz a las plantas de marihuana que crecen en invernaderos. Los campesinos dejaron de cultivar los productos que sus padres cultivaron, la marihuana es por mucho más rentable. Desde el auto podíamos ver a los soldados vigilando la carretera, un cañaduzal luego o una extensión de tierra oscura y ¡más allá!, cómo en el poema de Valencia, los campos de marihuana a la vista de todos. A la vista de las autoridades, de conocimiento público, en un país que invierte gran parte de su presupuesto a la lucha contra las drogas, la extensión y el cultivo más grande de marihuana que cualquiera pudiera ver. “¿quién controla esos cultivos?”, pregunto. “La guerrilla”, dice Julieth. “¿Se puede ir allí?”, pregunto. “No, de ninguna manera”, dice.  

Horacio Benavides ganó el premio nacional de poesía hace un par años. Hubo un gran problema con ello. A los otros poetas no les agradó que ese dinero se los ganara alguien a quien consideraban mal escritor. Los jurados habían sido Piedad Bonnett, William Ospina y creo que Faciolince, no lo recuerdo, o tal vez estos se vieron implicados con alguna columna de opinión, pero recuerdo lo que decía Harold Alvarado Tenorio sobre ellos, la Fátima Bonnett, la del hijo muerto. A Faciolince no deja de recriminarle que haga dinero con la muerte de su padre. Y a William por ser de doble moral al aceptar dineros y beneficios de un gobierno que crítica cada vez que puede. Estas cosas me hacen gracia, en alguna oportunidad insulto a Julio Cesar Londoño, cuando este accedió a editar la María de Isaac, iba a quitarle lo que le sobraba a petición del alcalde actual de la ciudad. Este chismerío poético brotaba. Yo me encontraba a Horacio Benavides en San Antonio, había leído la Serena Hierba y me pareció un buen libro, lo había editado Monteavila en Venezuela. Alberto, un amigo, hablando de ese libro, lo llamó conservador, lo que me pareció una perfecta descripción. Así que en el fondo pienso que es un buen escritor. De La Serena Hierba tomé el poema de la segunda parte, el que está numerado con el 39. En este poema hay unos perros que ladran ante el paso de alguien, quizá un fantasma, un espíritu, o alguien que regresa a casa entre las sombras y que altera a los perros, que va sin piernas destrozado. Lo que me interesa es esto: El poema de Guillermo Valencia está lleno de esperanza, de ensueño, de cosas bellas, pero en Benavides el paisaje es un poco más oscuro, pero no la totalidad de su libro que describe el campo y sus animales de forma simple, pero este sí. Y no sé de dónde le viene esto al poeta, pero parece una buena transición para llegar a Salguero, que al igual que la montaña al otro lado de la carretera, alumbra y dice más de su tierra que estos. Aunque me salté a Giovanni Quessep, quien recientemente ganó un premio otorgado con el nombre de George Tralk. El premio de poesía George Tralk. Tralk es quizá mi poeta favorito, pero Quessep no lo es en ningún modo.      

Aplasté uno de estos mosquitos y olió mal. No íbamos hacia el oeste, hacia el sur, en un auto que no resultaba del todo cómodo pero sí tranquilo y volví a recostarme, para tratar de dormir. Llegaríamos a Miranda, a su biblioteca luego de buscarla calle tras calle en el auto, nos pararíamos al frente, los asistentes nos mirarían y yo leería los poemas que he elegido al igual que los demás. Recogeríamos todo al terminar, y volveríamos, o nos quedaríamos en el pueblo. Todo esto es factible y es lo que nos han dicho que sucederá o podría suceder y que en efecto sucedió. Llegamos a Miranda, buscamos la biblioteca, esperamos para leer nuestros poemas, fui el primero de los cinco. No recuerdo que leyeron los demás. Luego nos subimos de nuevo al auto, con el descanso que deja el posrecital, y fuimos a quedarnos en casa de alguien del sector. No duermo en el auto, me quedo con los ojos cerrados preguntándome mentalmente las razones por las cuales decidí salir de casa. Julieth y Miguel habían insistido mucho, no sé si porque debían llenar algún tipo de cupo o exigencia de participantes, o si porque creen en mi pensamiento sobre la literatura. Sin embargo, acepté luego de pasar dos meses encerrado en casa. El trabajo freelance puede ser bueno a veces, en la mayoría un asco, y con el tiempo no te das cuenta de en quién te conviertes en verdad. Había dejado la vida social y me encontraba allí, en mitad de campos de azúcar sin señal de wifi ni plan de datos móviles, desconectado de toda red. Se me antojó conseguir algo de marihuana al llegar, de creepy,  pregunté a Julieth si ella sabía dónde podría conseguirla a  lo que contestó negativamente.   

Los viajes en auto de “En el camino” de Kerouac parecen divertidos, son un lugar de encuentro en los que se comparten experiencias. A veces hay esta sensación de aventura, como si el autoestop fuera lo que antes la aventura en el mar, o lo que hoy es perderse en internet. Pero no hay nada especial en este auto, ni en estas cinco personas. Diana a la parte derecha ve por la ventana, a veces se ve como una niña que ha salido de vacaciones. Su cuerpo tiene tatuajes. Su piel es blanca y es difícil pasarla por alto. A su lado, en el centro del asiento trasero va Franco, es un motociclista, ir sin su moto lo hace sentir desnudo, así lo ha hecho saber en varias oportunidades. Julieth es linda, nacida en Miranda vive hace algunos años en Cali. Todos estudian Literatura, o por lo menos la mayoría de ellos. Miguel es actor. Julieth también, y Diana comparte algo de esto actualmente, lo que los hace un grupo más unido y a veces hacen comentario sobre compañeros de sus presentaciones o ejercicios. Franco permanece en silencio viendo hacía el frente. Yo trato de dormir un poco.

El poema de Damián Salguero comienza, “Cauca, / he visto como tus montañas /han sido bombardeadas”. Pienso en esto, pienso en los soldados, pienso en la ocupación de su cordillera. En lo legal que parece la ilegalidad. En la ficción que es toda lucha contra las droga. “ver tus niños de colores corriendo en tus valles, /y no ver tus niños de colores estallando /por alguna bomba insegura de sí misma”, escribe Damián, este si es el Cauca. Alguna vía luego de pasar Puerto Tejada debemos cruzarla a toda velocidad porque pueden robarte. Hacen que detengas el auto y ahí te asaltan, eso dicen cuando cruzamos. A Damián lo conocí en un recital en Cali, un recital organizado por el cabildo indígena de la Universidad del Valle. Damián no es indígena, aunque escriba: “Espero la llegada de un Cristo indígena/ que sepa descifrar este cielo húmedo y caucano”. Ya lo había leído por algunos pdfs y blogs, lleva una editorial pequeña que ha publicado un par de buenos libros, otros muy malos.

Voy con Guillermo Valencia, Horacio Benavides y Damián Salguero guardados en una maleta vieja. Tres poetas de un mismo departamento y de tres periodos de tiempo distinto. Me gustaría que esto dijera algo de la poesía. Y pienso en esto con los ojos cerrados. Voy a La Ciudad Perdida de la Marihuana a leer poesía, a hablar de niños muertos y bombardeos, de la guerra y de la esperanza. Esto debería verse reflejado en los poemas, en mi voz cuando me pare al frente. No me siento seguro. Quizá extrapole los sentidos de los versos, aunque no diré nada distinto a lo que hay en ellos. Pregunto si ya casi llegamos. Ya casi, dice Julieth. Diana comienza a hablar con ella de algo que sucedió con alguien en alguna salida y que al parecer fue divertido. Franco va en silencio y Miguel también. A veces los muros verdes de caña son el paisaje, otras, la tierra oscura y humeante. No huele de forma agradable. Los mosquitos entran. Y Aplasto uno.

La luz de los faros se estrella contra el asfalto y alumbra el camino. Pronto llegaremos, pronto. Mientras estoy allí trato de recordar el color del auto pero no lo recuerdo. Lo que me hace gracia. La carretera angosta y serpenteante en medio de la nada. El sonido de las ruedas. El aire que se cuela de afuera dentro del vehículo. Todo esto es el preámbulo al recital de poesía, del “Cauca en llamas” que quiero leer y que no sé qué tan bien salga. “Mira, ya estamos entrando”, dice Julieth. Me levanto de mi entresueño. Organizo el cabello. Lo primero que veo es un grupo de hombres bebiendo a las afueras de una cantina.  




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